[…] («Para mí –dirá Val del Omar– todo el público es un gran niño enamorado de lo extraordinario») […]
[…] «tenemos que hacer vivir a nuestros hermanos conmociones psíquicas que los enciendan con provecho»[…]
[…]
Bastan estas palabras suyas para comprender por qué desde un principio el espectador ha constituido la máxima preocupación de Val del Omar. Hacia él proyectó los efectos de sus sucesivos descubrimientos técnicos, siempre con una misma intención: conmocionarlo psíquicamente, sacarlo de sus casillas, desbordarlo para así mejor someterlo a una accesis que le hiciera percibir una dimensión espiritual nueva. De ahí que la pedagogía kinestésica no se dirigiera preferentemente a su inteligencia o a su sensibilidad, sino a su instinto. Porque al instinto –según Val del Omar– sólo se le puede hablar en su mismo lenguaje.
«La máquina del cine –dirá Val del Omar en 1957– es sólo un artefacto, un instrumento que puede vitalizar y matar. A su carlinga de mando, socialmente sólo debe ser permitido el acceso al auténtico poeta humano que, movido por un arrebatado amor al prójimo, se disponga, con egoísmo heroico, a conducir este nuevo ingenio capaz de hacer al hombre, con cotidiana atadura a una noria, vislumbrar el infinito.»
[…] un arte de la seducción del espectador […]
[…] «Sólo se puede coaccionar la libertad del espectador cuando existe un gran motivo poético» […]
[…] «Ni en el cinema ni en la televisión existe libertad panorámica. El espectador se encuentra encadenado a la coacción sana o insana del creador de aquella continuidad. No vale hablar de libertad. Más vale confiar en la coacción poética del que más y mejor nos quiera conducir, en ese cauce de exaltaciones conmocionales.»
El cine poseía para Val del Omar dos vertientes: una, sagrada, alentada por lo poetas, podía provocar el ascenso de los espectadores hacia la luz; la otra, profana, cultivada por una humanidad de autómatas, les reducía a permanecer en las tinieblas. Todo su esfuerzo por convertir la contemplación de una película en un acto transcendental estuvo sometido a las tensiones derivadas de esa dicotomía. […]
[…]
Lo propio de toda idea visionaria no es otra cosa, al fin y al cabo, que fracasar –»arder»– socialmente, para así, libre de toda atadura, proyectar sobre el mundo lo que en su aliento hay de imperecedero. […]
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Fragmentos del fragmento publicado por el cineclub15asientos (con motivo de la proyección «Película familiar») de «El llanto de las máquinas» por Víctor Erice, publicado originalmente en «Ínsula Val del Omar», coord. Gonzalo Sáenz de Buruaga, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1995, y republicado en «Desbordamiento de Val del Omar», varios autores, Madrid: Museo Reina Sofía / Centro José Guerrero, 2010.
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